Actualmente vivimos en una
sociedad en la cual los cambios tecnológicos y las formas de experiencia social
se modifican día a día. La realidad cambia a una velocidad impensable y como la
escuela no es una institución ajena a ella, se modifica también a pasos agigantados. Son nuevas las
problemáticas que hoy por hoy afronta la escuela y un docente debe ser
conciente de ellas para poder tratarlas.
Un emergente que no podemos
dejar de considerar es el fenómeno migratorio que se ha producido en los
últimos años como consecuencia, principalmente, de la pobreza y la
globalización del mercado laboral.
La diversidad cultural es un
tema complejo que no debe ser simplificado ni generalizado. Saber realmente de
qué se trata puede contribuir a actuar responsablemente al respecto y por eso
mismo considero importante ahondar en el tema.
Con esto no pretendo reducir el tema
de la diversidad y la discriminación únicamente a la cuestión de la migración.
Creo que es, sencillamente, un elemento desde donde comenzar a analizar y a
replantarse una nueva realidad.
Recorrido
histórico
El
considerable flujo migratorio y la consecuente diversidad cultural no
constituyen una novedad en nuestra sociedad.
Desde
la conformación del estado moderno, en la segunda mitad del siglo XIX, la
Argentina se convirtió en una tierra de inmigración.“Desde 1860 a 1930, seis
millones de inmigrantes llegaron a la Argentina, la gran mayoría europeos pero
también del Medio Oriente, que aportaron el 75% del crecimiento de población
total del país”.1
Este
flujo migratorio no aportó, como imaginaban sus mentores, una cultura letrada y
civilizada. Contrariamente, se trató de población con altos niveles de
analfabetismo.
Un
factor clave para integrar a esta población heterogénea fue la organización del
sistema educativo nacional. Europeos y criollos, reunidos en una única escuela
debían alcanzar allí esa homogeneidad, o “conciencia nacional” que aparecía
como sinónimo mismo de la gobernabilidad de un país moderno. Con estos fines
fue instaurada la educación obligatoria, gratuita y laica, apoyada en la
generalización de la alfabetización y el desarrollo del “normalismo”.
De este modo intentaba concretarse
el deseo de la elite oligárquica,: todos debían ser socializados de la misma
forma sin importar su orígenes nacionales, la clase social o la religión. Así
la ilusión del crisol de razas, la asimilación o integración de una masa de
personas nacidas en las latitudes más lejanas del planeta, requirió el abandono
de identidades particularistas; de los valores y las creencias propias de cada
procedencia, así como de la lengua, las costumbres, los héroes y hasta las
formas de vestirse y relacionarse. 2
La hegemonización del discurso
escolar por parte del nacionalismo xenófobo continuó a lo largo de los años y
reconoce algunos momentos paradigmáticos.
En 1910, en plena “orientación nacionalista”, la idea de un pasado común, único y preciso se afirma frente a la temida inmigración “anarquista y apartida”. Las autoridades educativas hablan de la inmigración en términos de la “horda cosmopolita deformante de lo nuestro”, frente lo cual es necesaria la “argentinización” del país. El nacionalismo adquiere el sentido de la afirmación de la uniformidad a la que el inmigrante debe “asimilarse”.
De
la misma forma, con la intensificación de la enseñanza patriótica en 1939, se
afirma la necesaria “devoción a nuestras tradiciones”. Unos años más tarde, en
1950, las autoridades educativas afirman que la educación debe reforzar la
conciencia del “linaje” del hombre argentino y exaltar las auténticas
tradiciones nacionales.
El
tema del nacionalismo vuelve a plantearse como central en el período 973-1976,
pasando de hablarse de la liberación nacional en 1973, a afirmar el necesario
rescate de lo ”auténticamente argentino” un año después, volviendo a encontrar
relaciones entre el chauvinismo y las representaciones de “lo externo” como
peligroso.
En este nuevo siglo que comienza,
aún quedan fragmentos vivos de la historia de principios del siglo pasado: el
discurso de la educación como formadora de ciudadanos, así como el que se
refiere a la Argentina como país generoso receptor de inmigrantes (tal como
reza el preámbulo mil veces repetido de la constitución). Y también quedan las
prácticas que se volvieron habituales para su recepción, entre ellas la
imposición escolar del monolingüismo.
Sin embargo hoy, los extranjeros son
otros; bolivianos, peruanos, paraguayos, chilenos, coreanos, chinos, rusos y
ucranianos llegan hoy a nuestro país con las mismas expectativas que tenían los
europeos de un siglo atrás: encontrar en estas tierras el lugar propicio donde
vivir, lugar que su patria no les pudo dar.
.
La Argentina no es ajena al fantasma
del racismo que ha renacido en los últimos tiempos en los países centrales del
planeta. Si bien la mayoría de nosotros muy rara vez nos asumiremos como
racistas: “Argentina, crisol de razas”, la presencia de migrantes de
países limítrofes y no limítrofes, nos proyecta una imagen de nosotros mismos
que no queremos reconocer y que ponemos en los otros. “racistas son los
otros”, pero qué pasa cuando silenciamos, como hace algunos años, la
expulsión de los bolivianos por ser los “causantes y portadores” del
cólera o los “propagadores de esta enfermedad en nuestro país”, debido a
su entrada “indiscriminada” por nuestras fronteras y porque además son “sucios”
ya que en su “patrón cultural no existe el aseo”.
Es necesario destacar que el
recrudecimiento de las prácticas discriminatorias se está produciendo dentro
del marco de una profunda crisis económica. El nuevo modelo de Estado y sus
derivaciones políticas de privatizaciones, individualismo y competencia fomenta
la construcción de sociedades dualizadas. Reaparece el darwinismo social con su
lógica de “sálvese el mejor”: en el mercado hay ganadores y perdedores,
son las “capacidades personales naturales” las que aseguran el éxito en
la “libre competencia”. Sumado a esto, la presencia más visible de colectivos
migrantes está produciendo un aumento de la xenofobia, la alterofobia y la
discriminación.
Aunque hay quienes puedan afirmar
que la escuela no reproduce de forma mecánica los procesos de
discriminación y desigualdad, es
indiscutible que ésta sí enmascara y neutraliza estos mismos procesos en la
conformación de una normalidad integradora.
Con esto me refiero a lo ya dicho
anteriormente en cuanto a que “la manera en que la escuela procesó la
diversidad que recibía en sus docentes y en sus alumnos fue, salvo algunas
excepciones, homogeneizarla y uniformizarla.”3
Creo
necesario ampliar este concepto: la
inclusión en una identidad determinada implica la construcción de un
“yo” que se identifica con un “nosotros”, que necesariamente se contrasta con algún “otro”.4 Si el otro aparece como algo muy
remoto, se lo considera benigno; en el polo opuesto, el otro puede ser muy
cercano y relacionado con nosotros mismos. Pero entre estos dos polos se
encuentra otra categoría, es aquel otro que estando próximo es incierto,
generando un nuevo sentimiento de amenaza, de inseguridad, ansiedad y miedo.
Al construirse la relación nosotros-otros como
una relación entre opuestos irreconciliables, se está negando que “otros somos
todos”. Es imposible la existencia de un nosotros sin la presencia de “otros”
que interpelen nuestra propia alteridad. El problema estriba en que mientras
esos “otros” sigan siendo producidos como una amenaza que atenta contra el
orden de las instituciones, como los culpables de las situaciones de crisis, de
la violencia, del desempleo, estamos negando y ocultando la responsabilidad del
estado, de las instituciones y de nosotros mismos en este proceso.
Es esencial no perder de vista
además que, en la relación nosotros-otros, la construcción de la alterización
se realiza a través de procesos históricos, dinámicos y complejos que se apoyan
por un lado, en la elaboración de marcos teóricos conceptuales y por otro, en
la carga de significados, interpretaciones y significaciones que los actores
sociales le atribuyen a esas diferencias.
Precisamente el auge de la teoría
del “relativismo cultural y del “respeto por las culturas”, produjo que los
docentes tejan toda una serie de hipótesis acerca del comportamiento de los
“otros”, tratando de explicar sus costumbres como “propios” de la cultura. En
este sentido, la diferencia es construida desde un concepto de cultura
esencialista, estática y homogeneizante, que no percibe las contradicciones al
interior de los grupos culturales, transformándolos por tanto en ahistóricos.
Pero
por otra parte, también se construyen sobre los niños migrantes y sus familias,
una serie de atributos muy cercanos a la alterofobia y la raciación. Como he
señalado anteriormente, la Argentina se ha convertido, en el último tiempo, en
un polo para flujos migratorios originados, principalmente, en los países
limítrofes: bolivianos, peruanos, paraguayos y chilenos en busca de un futuro
mejor.
No
obstante ser migrante es difícil y a menudo
también doloroso. La normativa existente trae aparejado que los inmigrantes
no sean “ilegales” por el ingreso sino por la permanencia; no por decisión,
sino por la imposibilidad de cumplir con una normativa que pareciera estar
diseñada específicamente que pareciera estar diseñada específicamente para
convertirlos en un grupo poblacional vulnerables por su condición “ilegalidad”
y porque esa condición puede ser castigada administrativamente. A esto debe
sumársele la discriminación y el desempleo que deben enfrentar al llegar al
país.
Ser
niño tampoco es sencillo, y la combinación de ambas condiciones genera una
situación que merece ser tomada en cuenta. Me limitaré, en este caso, a
comentar que ocurre con los niños migrantes bolivianos5.
A las representaciones sociales sobre la comunidad boliviana en general se
suman las representaciones sobre los niños de familia boliviana, y sus
características particulares en tanto sujetos de aprendizaje.
Los
niños de la comunidad boliviana experimentan dificultades en el proceso de
aprendizaje: poseen dificultad en la comunicación oral y escrita, son
introvertidos y “lentos” para trabajar.
Sin
embargo si analizamos este tema en mayor profundidad, descubrimos que son
realmente talentosos en las materias relacionadas con el arte, que son capaces
de desarrollar los saberes escolares cuando no están siendo observados por los
docentes y que (reo que esto es lo más importante) los alumnos se vuelven más
introvertidos y se incrementan sus
dificultades en el aprendizaje a partir de cuarto grado. Una posible
explicación podría estar relacionada con que los alumnos habrían introyectado
las representaciones docentes apropiándose de las mismas tomando conciencia y
vergüenza de su propia cultura.
“El
desconocimiento del “otro”, del “diferente”, a menudo refleja estereotipos
ubicando al “otro” en un lugar de inferioridad. De esta manera, por ejemplo, la
lentitud es considerada falta de inteligencia y el silencio o respeto por el
mayor adquiere el significado de introversión o timidez ”(Feldsberg, 1997, pág.
10). De este modo, podemos afirmar que el fracaso escolar de los niños de la
comunidad boliviana es una construcción social.
El concepto que se ha utilizado en
los últimos años para dar cuenta de una realidad que implica el reconocimiento
de que en un mismo territorio pueden existir diferentes culturas, es el de
“Multiculturalismo”.
Entendemos
entonces, por espacios escolares “multiculturales”, a la intersección de las
múltiples variables que abrevan en las escuelas, como ser, el barrio en el que
está inserta, la situación social, la cultura, la nacionalidad, etc. De los
sujetos que en ella encontramos, pero sin olvidar que estos espacios se
constituyen y cobran significatividad en tanto son en contextos históricos
determinados y en determinadas relaciones de poder.
De
este modo, para entender los modelos educativos que intentan “recuperar” la
diversidad cultural, se necesita parir de un “multiculturalismo crítico”, que
de cuenta de las relaciones de poder, que historice y cuestione las formas
concretas en que se manifiestan las desigualdades sociales. Este multiculturalismo debe contener una
“agenda de transformación política”.
Las
actuales políticas culturales y educativas han naturalizado y ocultado bajo la
“ideología” del respeto y la tolerancia las relaciones asimétricas que se
establecen entre la diferencia / diversidad. La escuela es concebida desde la
perspectiva humanista-liberal, como el lugar de “encuentro” de la diversidad
cultural, pero esta perspectiva silencia, que bajo el telón de fondo de una
supuesta “igualdad y armonía” ese “encuentro” está signado por la supremacía de
un nosotros, blanco y occidental por sobre una alteridad históricamente negada.
La pretendida “polifonía de culturas”, enmascara la afirmación de superioridad
de un modelo de sociedad por sobre las otras, dando paso a la conformación de
una relación de desigualdad en la apropiación, reproducción y elaboración de
bienes comunes.
Muchas
veces para los docentes puede resultar complejo identificar que bajo los textos
manuales que parecen resultar precisos y objetivos, subyacen concepciones
etnocéntricas con respecto a temas como nacionalidad y migración. A modo de
ejemplo, los manuales hablan de la Campaña del Desierto, del “desalojo” de los
indios, asociándolo sin embargo a hechos aparentemente positivos: la
diversificación de la producción y el aumento de la población; o se aborda la
migración actual como un conflicto socioeconómico que los migrantes provocan a
los países que los reciben.
Creo
que el rol del docente se trata, en primer lugar, de tomar conciencia de esta
realidad para no caer en concepciones ingenuas y para que sus actos se
correspondan con una concepción formada y crítica de la situación.
La
conciencia de que la superioridad y la discriminación son construcciones
sociales y por tanto artificiales, permite obrar al respecto sin prejuzgar o
subestimar a los alumnos y construyendo, principalmente a través del ejemplo,
una concepción real de la diversidad.
Hay una realidad que debemos afrontar y es que los alumnos que provienen de hogares de clases socioeconómicas beneficiadas, reciben en la escuela la misma cultura que les han transmitido sus padres, mientras que quienes vienen de hogares “pobres” o de culturas alternativas sufren una imposición cultural arbitraria. La escuela debería adaptarse al alumno y no al revés, aceptando la diversidad y construyendo a partir de ella. Entendiendo que las diferencias pueden ser fuente de riqueza, conocimiento y recurso en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Conclusión
A modo de conclusión me gustaría desarrollar una idea que he introducido al comenzar el trabajo: la escuela no está ajena a la realidad que se modifica a pasos abrumadores día a día. Resulta una tarea compleja estar informado y adquirir una conciencia real de los procesos novedosos que estamos transitando. Sin embargo, a partir de la realización de este trabajo, he entendido que al desconocer ciertas temáticas es muy sencillo caer en errores u omisiones cometidos simplemente por ingenuidad y desconocimiento.
Resulta complejo, al realizar un trabajo de este tipo, diferenciar el desarrollo conceptual de la perspectiva crítica; de hecho considero que un tema como en este no puede ser abordado sin asumir constantemente una visión crítica al respecto.
Por último, considero fundamental darle a este tema la importancia que merece para no permitir que una simplificación se convierta en la naturalización de un conflicto social.
Bibliografía
·
DUSSEL, I.: (2000) “La producción de la exclusión en el aula: una
revisión de la escuela moderna en América Latina”, Ponencia en las X jornadas
LOGSE, Granada, España. p.7
1 DUSSEL, I.: (2000) “La producción de la exclusión en el aula: una revisión de la escuela moderna en América Latina”, Ponencia en las X jornadas LOGSE, Granada, España. p.7
2 Ricardo Rojas en La restauración nacionalista (1909)
justificaba dicha postura: “nosotros no abrimos las puertas de la nación al
italiano, al francés, al inglés, en su condición de italiano, de francés o de
inglés; se las abrimos en su calidad de hombre, simplemente... ”
3 DUSSEL, I, op. cit.
4 En los
espacios escolares “multiculturales”, los “otros” no son sólo “otros
culturales”: los niños y sus familias provenientes de otros países. Los “otros”
son también los llamados niños problema, los “violentos”, los “pobres”, los que
provienen de familias “desorganizadas, monoparentales”. Esos “otros” son los
que refuerzan o adquieren un estereotipo diferencial negativo construido
previamente y que se contrapone al estereotipo de “niño normal”.
5 Me basaré para esto en el estudio realizado por R. FELDSBERG, “La influencia del contexto sociocultural en la escolarización”