ESCUELA Y
POSMODERNIDAD
“El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo: así práctica el crimen y así lo recomienda. En su escuela, escuela del crimen Son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación. Pero está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento. Ni tampoco hay escuela que no encuentre su
contraescuela”
Eduardo Galeano (La Escuela del Mundo al revés)
El objetivo que nos planteamos en este
trabajo es analizar cuál es el rol de la escuela en la sociedad actual. Como
futuros docentes debemos ser conscientes de que la posmosdernidad, presenta
características diferentes al período moderno en que la escuela fue concebida
como tal. Por lo tanto creemos indispensable preguntarnos cuál es el rol de la
escuela en esta sociedad, qué es lo que la sociedad espera de ella y cuál
creemos que es la función que esta realmente debe cumplir. Para poder responder
a tal cuestión consideramos indispensable analizar cuál ha sido la función de
la escuela a lo largo de la historia, qué características presenta la
posmodernidad y, a través de este análisis, concluir cuál es la función que la
escuela debería asumir en dicha sociedad.
Mientras los conocimientos que tenía que
adquirir un individuo eran pocos y comunes a todos los individuos de una
sociedad, su socialización se realizaba por simple contacto con los adultos.
Pero cuando en esa sociedad se empiezan a acumular conocimientos y se produce
una división progresiva en las funciones de los individuos empieza a ser
necesaria una transmisión de determinados saberes más especializados. Así surge
la escuela, que aparece pronto en todas las sociedades donde se ha alcanzado un
cierto nivel de acumulación económica que permite la existencia de individuos
que no son directamente productivos y hace posible una acumulación cultural
amplia que exige que se transmitan esos conocimientos a otros individuos.
Aunque
la cultura ha empezado a acumularse de forma apreciable desde muy antigua hasta
fines del siglo XIX ha estado limitada a un número muy reducido de personas.
Durante siglos, pues, la cultura era patrimonio de muy pocos y a demás se
pensaba que era perjudicial extenderla. En las sociedades agrícolas, y en la
Europa medieval todavía, no se planteaba el problema de dar una escolaridad a
todos los individuos, pues no resultaba necesario y ni siquiera era posible.
Con
la llegada de la Edad Moderna la ciencia experimentó un desarrollo muy
considerable y el conocimiento tuvo una importancia social cada vez mayor. En
el siglo XVIII, la Ilustración introdujo la idea de que todos los individuos
eran originalmente iguales y que la educación debía estar al alcance de todos.
La mejora de la sociedad humana y la igualdad entre los hombres, ideales de los
ilustrados, sólo podrían conseguirse mediante le extensión de la instrucción
para todos. La Revolución francesa intentó llevar a la práctica algunas ideas
de la Ilustración, pero de hecho no se logró entonces porque muchas de estas
ideas no respondían a las necesidades sociales del momento; las ideas de
algunos revolucionarios más avanzados llegaban antes de tiempo. De todas
formas, a finales del siglo XVIII muchas voces se alzaron, sobre todo en
Francia e Inglaterra, a favor de implantar una educación institucionalizada
para todos.
La
implantación de la enseñanza obligatoria y gratuita para todos es algo que se
empieza a introducir en el siglo XIX y que en muchos países no se lleva a cabo
hasta bien entrado el siglo XX. Pero no se produjo sin una oposición muy
fuerte. Durante mucho tiempo hubo una polémica sobre si resultaba beneficioso o
no extender la enseñanza a todos, y muchos sostenían que era enormemente
perjudicial hacerlo arguyendo que, cuando se proporciona conocimientos a un
individuo de clase baja, es fácil que luego aspire a cambiar el lugar que le
corresponde dentro de la sociedad.
Los
comienzos de la industrialización utilizaron una gran cantidad de mano de obra
infantil en condiciones de trabajo inhumanas, pero el aumento del maquinismo
hizo innecesaria esa mano de obra. Se había producido al mismo tiempo un desarrollo
considerable de las ciudades y era
preciso que todos los niños estuvieran en algún sitio mientras sus padres
trabajaban en las fábricas. Sí, al tiempo que disminuía la necesidad de ,amo de
obra infantil, empezaron a proliferar las escuelas que eran predominantemente
lugares donde se mantenía a los chicos durante el día para evitar que
estuvieran en la calle y se convirtieran en unos vagos y delincuentes. El
desarrollo de las escuelas aparece, pues, estrechamente ligado al descenso de
necesidad de mano de obra infantil y a la comprensión del peligro que supone y
los problemas que conlleva mantener a grupos de niños y adolescentes
desocupados durante todo el día.
Paralelamente,
los partidarios de la escolarización empezaron
a hacer ver que el reunir a los niños en las escuelas podía ser
enormemente beneficioso, ya que en ellas se les podía enseñar a los niños el
respeto al orden establecido.
La
historia y el desarrollo de la implantación de la enseñanza obligatoria y
gratuita se organiza entonces en torno a dos tipos de objetivos: por un lado la
difusión de la idea de que la instrucción es necesaria para todos y que todos
tienen derecho a ella, de manera que pueda llegarse a un igualitarismo mediante
una enseñanza común. Por otro lado, la función económica, social e ideológica
que desempeña la educación para todos. Por lo tanto, la implementación de la
enseñanza obligatoria no es el producto de la aceptación de las ideas
democráticas, sino que s, ente todo, el resultado de necesidades económicas y sociales.
Las
dos funciones principales que desempeña la escuela obligatoria inicialmente,
mantener a los niños ocupados mientras sus padres trabajan y enseñarles a respetar y aceptar el orden establecido,
aparecen muy claramente reflejadas en el tipo de enseñanza que se proporcionaba
en las escuelas, y que estaba encaminada, sobre todo, a la transmisión de
valores. Los conocimientos ocupaban, así, un lugar mínimo y sólo se daban
aquellos que podían facilitar que los niños se convirtieran en mano de obra capaz
de trabajar en el sistema industrial.
Los
dos objetivos de la escolarización obligatoria coexisten a lo largo de
toda la evolución de la escuela
obligatoria, el ideal ilustrado de la escuela como institución
Liberadora
proporcionando el saber para todos, y la escuela como órgano que sirve para
mantener el orden social existente. Por esto la escuela es una institución tan
contradictoria y tan problemática, aunque de hecho predomina en ella el papel
de mantenimiento del orden social.
Como todo período histórico, es
difícil designar una fecha de inicio del período posmoderno. Sin embargo,
situamos su inicio aproximadamente a mediados del siglo XX. De hecho, algunos
autores refieren al Mayo Francés (1968) como hecho que permite hablar de una
nueva era; de todas formas, reconocen que hay otros fenómenos sociales,
culturales y económicos que han permitido a la posmodernidad afirmarse y crear
su identidad: la revolución de la electrónica y los medios de comunicación.
La posmodernidad puede definirse
como oposición a la modernidad. Este último es el proceso social, científico y
técnico que ha creado el mundo del progreso del desarrollo y de la producción
de bienes. Tuvo su fe en el progreso ilimitado, en el capitalismo burgués, en
la tolerancia democrática y religiosa y en la ciencia y en la técnica.
La posmodernidad es, por tanto, una
respuesta crítica, desairada a la modernidad; es la expresión de decepción, un
querer renegar, desentenderse de la época anterior. En relación con esto, el
Hno Eugenio Magdaleno, en su libro “Hijos de la posmodernidad” atribuye a este
período las siguientes características:
compra,
usa, tira y vuelve a visitar la catedral del consumo.
Los motivos de las compras no son tanto las
necesidades vitales, sino los reclamos de la moda.
Consumimos
sonidos, imágenes: el mismo zapping es
el cetro para elegir y consumir a gusto, sin moverse y a velocidad satelital
cuanta información arrojan los cables.
tu deseo. Los códigos son relativos y a tu medida. Es
coherencia pura, pues la posmodernidad es la antítesis de lo que sea proyecto,
planificación, estructuras, esquemas cerrados. La posmodernidad es un estilo de
vida, es una forma de ser.
¿Dónde queda la moral? Pareciera que
el hombre posmoderno la quisiera reemplazar por el “todo vale”. El indeclinable
gusto de privilegiar lo personal sobre lo social o familiar, es lo que Ricardo
Maliandi llama “egocracia”, cada individuo se siente dueño de la norma y
excluye a todos los demás, sean principios o personas.
La cultura del bienestar ofrece un arsenal de normas
de autocontrol no de la persona; sino del body:
guardar la forma. Pero los posmodernos tenemos otras inconsistencias, somos light no sólo en lo corporal, también lo
somos en el campo de los valores, de las grandes decisiones.
Corremos el riesgo de cubrir lo
serio, lo definitivo, con lo banal y sustituir lo consistente por lo frívolo,
al mejor estilo de la cultura de lo efímero.
se dan no sólo por la monótona arquitectura de
nuestras megápolis; se percibe también en esos ríos de gente que deambula por
nuestras ciudades, que sale de nuestros subtes, todos con el mismo taciturno
silencio, todos con prisas y como programados para la rutinaria labor del día.
Los
grupos entre sí están cohesionados y armonizan; tienen sus pactos y sus leyes,
pero frente a otros grupos pueden ser enemigos intolerables y violentos.
Lamentablemente nuestra vida diaria está sembrada de estas agresiones.
a quien sabía proyectar y hacer. Erigió a la razón
como eje del progreso y base de los adelantos técnicos y científicos.
Estos
ideales desencantan a nuestra época, que rechaza las ideologías y el pensamiento
sistematizado y estructurado, poniendo en crisis los valores absolutos, la
verdad y la ética.
sexualidad muy
bien estudiado, programado y ofrecido con persistente desenfado.
En
pocas décadas la moral de la sexualidad ha sufrido transformaciones
inimaginables; se ha producido un verdadero estallido sexual. El sexo se ha
convertido en consumo de masas.
A
estas características podríamos agregar: la importancia de las vivencias, las
sensaciones, el cuestionamiento crítico de los alcances y límites de la razón
por sobre la racionalidad y la reflexión de la modernidad; la comunicación, la
apertura a múltiples relaciones pluralistas en lugar de valorar el
conocimiento; las teorías psicológicas, el relativismo científico cultural como
conocimientos más válidos que las ciencias exactas y el positivismo; el retorno
a “lo natural” frente al desarrollo de las tecnologías; neoespiritualismo
poliformo en lugar del laicismo y el agnosticismo de la modernidad; desprecio
de los libros y de la cultura ilustrada o literaria y excesivo apego a los
adelantos tecnológicos y de la comunicación multimediática e informatizada.
¿Qué espera la sociedad
posmoderna de la escuela?
La
sociedad posmoderna considera a la
escuela el eje de inserción de los chicos a la sociedad (encargada de que los
chicos no se droguen, no sean delincuentes, etc) y educadora de conceptos, como
las responsabilidades generales que engloban a todas las demás.
La sociedad ocupa un lugar importante en la
educación de las nuevas generaciones. Hoy por hoy, la escuela ya no ocupa el
lugar de la “gran educadora” ya que los medios de comunicación y tecnológicos
han avanzado en grandes dimensiones sobre este territorio. En nuestra cultura
existe poco interés por el aprendizaje y la responsabilidad; se considera que
la educación es un medio para acceder al mundo laboral, para tener seguridad
financiera y no como una entrada a la sabiduría, como una apertura mental.
A nivel socio-económico, hay diferentes
expectativas: las familias que pertenecen a la clase social baja, esperan de la
escuela que sus hijos coman, mientras que
las de clase social alta quieren para sus hijos una atmósfera protectora
y amable.
También
hay que tomar en cuenta lo que esta sociedad, por su parte, le transmite a los
chicos. Los ejemplos que se les dan no siempre son los mejores, pero ellos al
saber leer la sociedad mejor que un adulto e incorporar todo lo que leen muy
fácilmente, los imitan, son grandes imitadores ¿qué pasaría si los ejemplos
fueran realmente valiosos?.
Posmodernidad y Escuela
pública
La historia del siglo XX en la
Argentina nos ha mostrado la eficacia material y simbólica de la escolaridad
moderna en la conformación de sujetos educativos. La población infantil devino
en una población que fue escolarizada, alfabetizada e inscripta en un espacio
educativo, desde el cual el Estado-nación llevó adelante una política de amplio
alcance desde el punto de vista cultural. Eficacia material porque las escuelas
se multiplicaron desde fones del siglo XIX en un territorio amplio y
heterogéneo y eficacia simbólica porque la escuela, a través de sus mandatos
fundacionales –que fueron imponer una lengua única, enseñar la nación y
transmitir la cultura moderna- construyó una cultura común. Una cultura común,
no por ello menos
conflictiva
ni polémica, que fundó una nueva amalgama, que diluyó y eliminó ciertos
fragmentos culturales desplazándolos por otros, y que a lo largo del tiempo
sedimentó una cultura escolar.
Durante
estas últimas décadas se ha producido lo que algunos autores denominan como una gradual y progresiva pérdida de la
eficacia simbólica y material de la escuela. Podríamos ubicar varios fenómenos
concurrentes de distinto orden que fundamentan este diagnóstico. En primer lugar, el empobrecimiento de la
sociedad argentina, no coyuntural, hoy diríamos con consecuencias estructurales
evidentes, que ha provocado fenómenos como la agudización de la función
asistencial de la escuela, el ausentismo y la deserción escolar, etcétera. En
segundo lugar, las transformaciones económicas y políticas del orden nacional e
internacional, que recolocan a la educación pública con significados
asociados ala idea de educación básica,
en un mundo de pos-política, capitalismo financiero y de desaparición de
trabajo, mediando la educación muchas veces entre el desempleo paterno y el
probable desempleo de los hijos. En tercer lugar, el impacto de las nuevas
tecnologías y los medios masivos de comunicación que desafían a la escuela a
considerar la escena cultural contemporánea en la que se inserta su tarea. En
cuarto lugar, la mutación producida en el plano del conocimiento
(complejización, mundialización y a la vez localización) en un contexto a la
vez de disponibilidad y saturación de información y de mayores dificultades de
acceso a ésta y de precariedades las condiciones de enseñanza y aprendizaje.
Por último, las nuevas lógicas de la relación entre Estado, sociedad civil y
mercado, que han conducido a fenómenos como la desresponsabilización estatal
frente a demandas sociales básicas, la aparición de un nuevo tipo de
beneficencia privada y la gestación de alternativas de la sociedad civil ante
situaciones de crisis agudas como la presente.
Estos
fenómenos presentan una particularidad “argentina”, es decir, son universales,
marcan tendencias mundiales, pero tienen una marca local que se refiere al
proceso de deterioro económico-social de la década del ´90 (y lo que va del
nuevo siglo), con sus consecuencias evidentes en el sistema de educación
pública. Este complejo escenario oscila y económico del presente de la
Argentina entra en colisión con los sentidos fundantes de la escuela pública.
Hay un evidente antagonismo entre las políticas neoliberales que han dado forma
al actual paisaje social argentino y los mandatos viejos y renovados de la
escuela pública.
Podemos
decir, por lo tanto, que la escuela pública está inserta hoy en un mapa de
fenómenos educativos con características
nuevas; si bien son fenómenos que corresponden a distintas escalas y alcances
conforman una zona nueva y compleja que es necesario interpretar. En primer
lugar, en ese mapa hay que situar el fortalecimiento de las tendencias ala privatización de la educación, la
expansión de instituciones privadas nuevas y la multiplicación de propuestas de
desestatización yo desregulación estatal de signo polémico. Otro fenómeno para
situar es la ampliación del espectro de experiencias educativas de tipo
comunitario, que surgen al calor de la crisis social. Un tercer fenómeno se
refiere al despliegue de propuestas culturales para el público infantil y
juvenil, que no se definen específicamente como educativas y que incluyen
fenómenos de índole comercial y no comercial.
Este
espectro diverso y heterogéneo de fenómenos no debe leerse como alineado en
circuitos estancos o paralelos, sino que supone diverso tipo de articulaciones,
alianzas e intercambios materiales y simbólicos entre Estado, mercado y
sociedad civil.
Tomando en cuenta todos los
factores analizados a lo largo de este
trabajo nos cabe preguntarnos ahora cómo debe posicionarse la escuela frente a
esta nueva situación. Parar responder a esta pregunta, debemos partir de
considerar diferentes planos de análisis.
Por empezar, debemos retomar la idea
de que la escuela no es, bajo ningún aspecto, la única instancia transmisora de
información. Hoy por hoy, tanto el mundo de las relaciones sociales que rodean
al niño como la esfera de los medios de comunicación y de la informática
transmiten ,constantemente, informaciones, valores y concepciones ideológicas.
¿Permite estas instancias un debate crítico y racional acerca de estas
cuestiones? Creemos que no; es la escuela la única que puede cumplir esta
función. Más que transmitir información, la función educativa de la escuela
contemporánea debe orientarse a provocar la organización racional de la
información fragmentaria recibida y la reconstrucción de las preconcepciones
acríticas, formadas por la presión reproductora del contexto social.
En relación con esto debemos
replantearnos qué sujeto desea “formar” la escuela. Está claro que no tiene
ya la intención de instaurar aquella
conciencia nacional que fuera el objetivo primordial de la escuela a principios
del siglo pasado. Por otro lado, es necesario romper con la lógica de que la
escuela educa sólo y únicamente con miras hacia una salida laboral; este ha
sido, de hecho, uno de los principales
argumentos que han arrasado con el prestigio de la escuela pública frente a la
crisis económica de la última década. Por lo tanto debemos replantearnos la
educación de un sujeto íntegro, que no puede fragmentarse en tanto sujeto
económico, político y social.
En este sentido, debemos considerar
a la educación en su sentido más amplio, como un proceso constante e inacabado.
Debemos reconstruir determinados valores que nos permiten crecer como
individuos y como sociedad y revalorizar
el deseo de aprender y la educación como proceso cultural y político.
Es más urgente que nunca politizar el debate
sobre la educación pública en el sentido de recordar que constituye el espacio
privilegiado en el que transita el
crecimiento de las nuevas generaciones, de destacar el papel de la educación pública
en la sedimentación de un orden cultural
futuro y de demandar el fortalecimiento del sector docente como actor
social dada su responsabilidad social e institucional. Es en el espacio de la
educación pública sonde es posible saldar el brutal y creciente desfase entre
la impronta cultural pasada y la escasez material presente: la cuestión es hoy,
como en la década del 30, alimentación más cultura. La igualdad no se
materializa sólo en el acceso a la educación pública sino en los modos de permanencia en las
instituciones públicas, en los recursos materiales y simbólicos para la
apropiación el conocimiento en las condiciones y posibilidades en el momento
del egreso de la educación formal. Ello
requiere resolver el problema del hambre, pero también de aquellas cuestiones claves que estaban en
la agenda de los educadores de fines del siglo XIX: salarios dignos para los
maestros, infraestructura escolar, materiales culturales, los mejores saberes y
en las mejores condiciones de ser transmitidos.
Por último, la politización del
debate acerca de la educación pública requiere revisar y reapropiarse
críticamente de las tradiciones culturales. Más allá de una mirada comparativa
que sitúe la experiencia educativa argentina como producto de su tiempo y en el
escenario del mundo, la historia indica que ha habido un recorrido particular,
rico, fértil en debates y logros institucionales, en fortaleza de políticas
públicas, aunque también en miserias y confrontaciones como de la pugna entre
sectores económicos y políticos que atraviesa toda la historia argentina. Esa
tradición de la educación pública no es el cadáver enquilosado del pasado, sino
en todo caso, una construcción en el tiempo, con los estereotipos, fantasmas, y
huellas que toda historia deja en las instituciones, en los sujetos y en las
identidades. Una historia que nos constituye.